El Fuego –
Hay estaciones en las que el fuego en tu alma se siente brillante… constante, cálido, vivo. Y luego están las estaciones en las que ese mismo fuego titila. La vida se vuelve pesada. Las responsabilidades se acumulan. El duelo se asienta en lugares que no esperabas. Incluso la alegría puede sentirse apagada cuando estás cansado. Pero la hermosa verdad es esta: el fuego que Dios pone en nosotros no es frágil. Puede apagarse, pero no desaparecer. Puede ser atendido, fortalecido y reavivado.
Mantener el fuego encendido en tu alma no es cuestión de intensidad emocional. Se trata de consistencia espiritual. Se trata de elegir, día a día, permanecer cerca de Aquel que encendió esa llama en primer lugar. Todo fuego tiene un comienzo. El nuestro comienza con Dios. Hay cinco pasos para mantener tu Fuego.
Paso uno: Volver a la fuente –
Cuando tu alma se sienta fría o tranquila, detente y siéntate en silencio con tu Padre Celestial. No importa si tus oraciones son pequeñas o tenues, Dios no necesita elocuencia, necesita apertura. El fuego no se reaviva con adoración ruidosa o momentos dramáticos, sino con un simple susurro: Señor, estoy aquí. Enciéndeme de nuevo. La llama crece donde comienza la entrega.
Paso dos: Alimenta el fuego con verdad –
Un fuego no puede arder sin combustible; por lo tanto, tu alma no puede arder sin verdad. La palabra de Dios… La escritura no es solo instrucciones, es oxígeno. Nos recuerda quién es Dios. Nos estabiliza el corazón cuando la vida sacude nuestra confianza. Trae claridad cuando todo se siente enredado. Un versículo, una promesa, puede elevar la temperatura dentro de ti y reavivar la esperanza. Y la verdad de su palabra es la leña que pones sobre el fuego cada día.
Paso tres: Proteger la llama –
Los suaves vientos de distracción, ajetreo y comparación pueden robarte la llama. Especialmente los vientos duros del miedo, la decepción y el cansancio espiritual. No puedes detener los vientos, pero sí puedes proteger la llama, eligiendo qué voces dejas entrar. Protégela alejándote del ruido que drena la voz de Dios. Rechaza dejar que la vergüenza o el fracaso te convenzan de que tu fuego es demasiado pequeño para importar. La llama dentro de ti es sagrada. Trátala así.
Paso cuatro: Rodéate de otras almas ardientes –
Una sola llama puede calentar una habitación, pero una reunión de llamas puede cambiar una comunidad. Nunca estuvimos destinados a arder solos. La camaradería nos mantiene firmes. Cuando tu fuego se apaga, la luz de otra persona puede ayudarte a ver de nuevo. Y cuando su fuego flaquea, el tuyo puede ayudarle a levantarse.
La comunidad es una de las formas de Dios para mantenernos encendidos.
Encuentra a las personas que rezan contigo y por ti, aquellas que transmiten vida a tu espíritu, que te recuerdan tu identidad cuando la pierdes de vista. Su fuego fortalece el tuyo, y el tuyo fortalece el de ellos, hasta que ambas almas arden más fuerte de lo que jamás podrían solas.
Paso cinco: Practica las pequeñas chispas diarias –
El fuego en tu alma no se sostiene con momentos espirituales ocasionales. Se sostiene con pequeñas y fieles chispas:
- Una oración matutina tranquila
- Un susurro de “gracias”
- Un momento de adoración en el coche
- Un verso guardado en el bolsillo
- Un suspiro de gratitud antes de dormir
Estas chispas pueden parecer pequeñas, pero se acumulan. Generan calor, resiliencia, mientras que un fuego no puede apagarse fácilmente.
Dios, remueva las brasas que no puedes alcanzar –
Hay lugares en tu alma que no puedes arreglar. Heridas que no puedes sanar solo. Preguntas que no puedes responder. Deseos que no puedes satisfacer. Estos son los lugares donde Dios realiza su obra más íntima, removiendo brasas que creías frías. Él insufló vida en lugares que creías vacíos. Los sueños se avivan de nuevo. Deja que Dios remueva las brasas que no puedes alcanzar. El fuego arde no porque seas fuerte, sino porque Él es fiel.
Una última palabra para tu corazón –
Mantener el fuego encendido en tu alma no es cuestión de perfección. Se trata de presencia, permanecer cerca de Dios, cuidar la llama con verdad, protegerla con intención y confiar en Él para que respire sobre las brasas cuando tú no puedas. Tu fuego importa y es necesario. Lo importante es que tu fuego forma parte de la obra de Dios en el mundo, y aunque parpadea, nunca está fuera de Su alcance.